Mostrando entradas con la etiqueta VIDAS INTERESANTES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta VIDAS INTERESANTES. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de marzo de 2008

Beauvoir y Sastre

05 de enero de 2008
Simone de Beauvoir volcó los reflectores del siglo XX sobre la figura de la mujer. Su libro, El segundo sexo , se erigió en bandera de la lucha feminista. Sus ideas auspiciaron una revolución social que todavía hoy escandaliza a las franjas más conservadoras. Al cumplirse el centenario de su nacimiento, confabulario ofrece una revisión crítica de esta inmensa figura de culto; repasa, también, la relación amorosa que Beauvoir sostuvo con Jean Paul Sartre. Acompañamos este paquete de homenaje con un comentario de la propia autora, con respecto a la factura de su libro emblemático.
Beauvoir: acechando desde el fondo del espejo
por CHARLES DANTZIG
Al final de su vida, se sacaba a Simone de Beauvoir como si fuera un ídolo oriental para que diera su opinión sobre cualquier cosa. Y por desgracia, ella opinaba. Como Sartre, había conservado algo del profesor que adora explicar. Y no estaba poco convencida de saber. La muerte, que pasa por todo, no perdona esos comportamientos: quien ha pontificado mucho, será no menos rechazado. Algo justo pero no menos injusto, pues lo bueno es arrastrado junto con lo malo.
Sus novelas son recuerdos más o menos hechos ficción donde ella escribe como Sartre, aunque sin las irregularidades ni las brillanteces. Como él, ella tiene un prejuicio del estilo hablado que es consecuencia de la seriedad con que siguió los estudios universitarios: eso le da un tono colegial que por lo demás no resulta antipático. Uno creería estar oyendo a Antoine Doinel en las películas de Truffaut. En ocasiones ella quiere hacer su estilo, lo cual se traduce por el empleo del antepresente: ¿influencia de las traducciones de novelas policiacas de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, como Horace McCoy?
Como sucedía con frecuencia en su época, Beauvoir está montada en la fe en lo real. Lo real entonces era como el pueblo: una palabra mágica y una caravana que la novela le hacía a la virtud. No se concebía lo real si no era sórdido, espeso, pesado. Para las gentes de ese tiempo, realidad quería decir barro. Creían ser realistas y no habían leído más que a Zola. Por lo demás, “Molesta por las convenciones novelescas, me plegaba a ellas, pero sin franqueza […]” (La fuerza de las cosas). El problema no es la hipocresía, sino que creyera en la existencia de convenciones novelescas.
La mejor Beauvoir está en sus relatos y sus memorias. No se puede decir que estén sobrecargados de literatura: cada cuarenta páginas reseña sus lecturas, como una especie de nota bene entre las cosas verdaderamente importantes, que son la política… y la política. En el curso de un viaje por Estados Unidos, se detiene en el pueblo de Natchez sin decir nada más que tiene cuarenta mil habitantes. Chateaubriand se habría sentido contrariado. Cuando pasa a la política, su vocabulario se corrompe y baja unos escalones mientras sube un tono: “Él le reveló la inteligibilidad de las relaciones humanas y la arrancó a su subjetividad”. (Uno diría que está repitiendo algo que no es de ella.) Ah, y la duda no es capaz de frenarla: “El futuro me ha dado la razón”, escribe serena (La fuerza de las cosas). ¡“El futuro me ha dado la razón”! Cómo resulta azaroso. El futuro cambia con frecuencia y el del año 2005 le da un violento mentís al futuro de 1963, cuando Simone de Beauvoir estaba tan segura de sí misma.
Lo cual me recuerda una frase de Madame de Staël en las Reflexiones sobre el suicidio: “Los defectos de los alemanes son más bien el resultado de sus circunstancias que de su carácter, y se corregirán, sin duda, si entre ellos existe un orden político hecho para dar una carrera a los hombres dignos de ser ciudadanos”. Sin duda, no es cierto, sin duda. La moderación es muy útil cuando no se quiere que el porvenir le contradiga. ¡Pero hasta qué punto se encuentra uno atrapado, a pesar de sí mismo, por el pensamiento dominante (que no necesariamente, como aquí, es el pensamiento del poder sino el que se comenta más)! Esta mujer tan independiente, tan realista, tan horrorizada por los abusos de la Revolución, escribe con un sentido de aprobación la palabra “ciudadano”.
Beauvoir posee algo de brutal. “No me interesa apelar al corazón cuando estimo tener la verdad para mí” (La fuerza de las cosas). Ahora, para ella la verdad además del futuro. Tengo que decir que esta arrogancia tiene sus cualidades. Una dignidad, una altura. Le falta piedad, pero ella no se hace a un lado. Uno puede sentir a la persona que no ha sufrido gravemente y prospera en un materialismo apacible, un egoísmo tranquilamente voraz. Se debe fabricarlos sin nervios. Más adelante, anota con honestidad: “Mis ensayos reflejan mis opciones prácticas y mis certidumbres intelectuales”; y claro está que no tiene muchos matices. Para muchos es un encanto.
Hay en su manera de escribir algo bovino. Regular, sin sorpresa, unido. Jamás levanta. La razón es la siguiente: están todas las palabras. Jamás una expresión concisa, jamás una elipse, jamás una falta de explicación. Sólo falta, a veces, lo indispensable. Por ejemplo, en Una muerte muy dulce, la expresión “reducción de cuerpo”, algo que le ha sucedido a su madre. Por otra parte es honesta, tanto como pesada. No disimula los hechos, los dichos, hasta el punto en que sus relatos se convierten, a veces,
sin que se dé cuenta, en confesiones. Revela sin cortapisas su egoísmo prodigioso como cuando escribe a propósito de su madre enferma: “No me interesaba particularmente volver a ver a mamá antes de su muerte; pero no soportaba la idea de que no me volviera a ver” (Una muerte muy dulce). Cuando refiere escenas, no se queda con la última palabra. No tiene prejuicios: más bien se sirve del prejuicio marxista para dar una explicación posterior a las cosas, por aplicación de buen alumno. Con frecuencia, el profesor continúa siendo un alumno.
Simone de Beauvoir no escribe ni bien ni mal: no escribe. Posee un tipo de razonamiento contradictorio que sólo la convence a ella: “Se dice A; muy por el contrario lo verdadero es no-A, de donde B”; pero B está fuera del tema. Después de esto, ella se compara con Oscar Wilde. (Sí, sí, en Tout compte fait.) Ella se deja ir al lugar común y al cliché. Una muerte muy dulce: “Un cáncer. Estaba en el ambiente”. O cómo, en una mujer que no es vulgar, el cliché engendra una vulgaridad. En el mismo libro justifica el cliché con un cliché sin darse cuenta: “ ‘Es estúpido, decía mamá. ¡Es tan estúpido!' Sí: tan estúpido que hacía llorar”. Desmesuradamente desprovista de humor, le pone ironía a sus títulos, Memorias de una joven formal, Una muerte muy dulce, expresión utilizada por el médico de su madre que acaba de morir luego de penosos sufrimientos.
En presencia de la muerte, además de falta de sensibilidad, roza la falta de tacto, como en La ceremonia de los adioses, sobre la muerte de Sartre. Las últimas frases (“Su muerte nos separa. Mi muerte no nos reunirá. Es así; ya es hermoso que nuestras vidas hayan podido armonizar durante tanto tiempo”), la ponen en evidencia. Hay en Simone de Beauvoir una nobleza plácida.
La impresión de insensibilidad proviene de la distancia bastante considerable que guarda con relación a los otros y consigo misma, dondequiera que se coloque. Algo la ha conmovido, la vejez; sobe eso ha escrito un libro interesante. Desde que aborda el tema, su manera de escribir mejora: “Cuarenta años. Cuarenta y uno. Mi vejez estaba latente. Me acechaba desde el fondo del espejo. Me asombraba que avanzara hacia mí con paso tan seguro cuando en mí nada concordaba con ella” (La fuerza de las cosas).
Comenta sus propias obras, pero aún más las de Sartre; ¡y a esta jefa de prensa de su héroe es a la que se ha calificado de incendiaria! Hizo mucho por la liberación de las burguesas que la odiaban. De cierto modo, El segundo sexo es Simone de Beauvoir contra el siglo XIX. Y ella ganó. Fue calumniada sólo porque rechazaba las convenciones. Las convenciones le tienen horror a la oposición argumentada.
A veces es de una inocencia sorprendente. ¿Otra consecuencia de la condición de profesor de secundaria, que coloca a la gente fuera de la vida sin dejar de persuadirlos de estar adentro? En La fuerza de la edad, el pasaje donde cuenta que, de acuerdo con un amigo argelino, Sartre y ella eran “los franchutes que él hacía reír”; y ella no ve, no se da cuenta, ni siquiera considera la posibilidad de que este hombre pueda estarse burlando de ellos. En las memorias de una de sus amigas, Bianca Lamblin, uno ve a dos farsantes quitarles dinero bajo los pretextos más mentirosos y a ellos darlo con seriedad, “por rechazo de la prudencia financiera burguesa”. Es una escena de Molière.
Me hace pensar en Lamiel, la heroína de Stendhal que le paga a un hombre para que la desflore. Se ha preguntado con frecuencia cuál habría sido el final de esta novela inacabada: pues bien, la vida de Lamiel podría ser Simone de Beauvoir. Lamiel se convierte en profesora de filosofía, escribe libros honestos sobe la sociedad, provoca escándalo, se vuelve un éxito de público, cae en el olvido. Treinta años después, panfletarias feministas la califican de burguesa conservadora: se le redescubre en la televisión, viviendo sola en un departamentito obscuro donde cuece spaghettis.
Después de su muerte se han publicado sus correspondencias con Sartre, con el novelista estadounidense Nelson Algren, con el crítico Jacques-Laurent Bost (Gerbert en su primera novela, La invitada; Sartre ha transpuesto a Bost en Boris en La edad de la razón). Tanto por la cantidad como por lo maquinal, esas cartas recuerdan a las de George Sand. También por lo simpático. Las dos quieren ser buenas amigas con los cuates, quieren escribir como un cuate, pero a diferencia de un cuate, se toman su tiempo para decir el placer que sienten al estar con él.
Dantzig. Ensayista, poeta y narrador. Su libro más reciente es Je m'appelle Françoise (Grasset, 2007).
Traducción de Alberto Román.
*
Historia de una pareja mítica
por CATHERINE CLÉMENT
Es la historia de un hombrecito bizco y de una larguirucha jovencita de belleza austera; la historia de dos filósofos que con un mismo gesto le dieron la espalda a su disciplina por la novela; la historia de dos furibundos, de dos locos por la vida, cada uno para sí y todo para el otro, aferrados entre sí. Amor cortés llevado hasta la vejez, es la historia que uno sueña y no existe. De todas sus obras, es la más nueva, la más rica en sorpresas. ¿La habían presentido? La imagen de Sartre y Beauvoir liberó a tal punto a la pareja francesa del modelo del matrimonio, que en Francia, en la actualidad, más del cincuenta por ciento de los jóvenes rehúsan casarse. Pregúntenle a los recalcitrantes, se toparán con Sartre y Beauvoir: ¡qué horror el matrimonio! No hay vínculo institucional entre los amantes, vehículo de desgracias y veneno para el amor.
—Pero ustedes viven juntos, usan el mismo cepillo de dientes, tienen hijos…
—Sí, ¿y qué?
Bueno, Sartre y Beauvoir no vivieron juntos. Escuchen bien, jóvenes, el mito de los amantes unidos y desunidos. ¡Cuidado con las cuarteaduras! Lo que no ven es lo más interesante; lo que no se ha dicho es lo más serio. ¿Que si se amaron? Sí. ¿Como todo el mundo? No. ¿Forman ellos un modelo a seguir? Tal idea los sublevaría.
Todo comienza en 1924, cuando un joven normalista de 19 años le hace la ronda a una muchachita muy agasajada. Él es pequeño, feo y sin embargo se la liga. Pierde la primera cita, a la que ella ha enviado a su hermana. Y logra acostarse con ella, victoria frágil; el placer no está ahí. Simone hubiera podido escaparse si el genio de Sartre no hubiera inventado el mejor de los arpones: nada sentimental entre ellos, nada banal, pero sí la preferencia por la vida sin matrimonio. Ella será su “esposita morganática”. Bien educada, la señorita acepta este pacto con aroma platónico. Se acostarán cada quien por su lado y se lo dirán todo, trabajarán juntos; está dicho. Y así se hizo.
Piel lechosa, mirada acerada, la señorita conservará durante toda su vida esta apariencia de joven eterna. Beauvoir es tan seria que recibe el apodo inglés de Beaver, el Castor, animalillo constructor de suave pelambre. Al principio Sartre está muy enamorado de su “encantador Castor”. Poco importa la cama. Cuando están separados, él se acuesta por su parte y ella también. Como quedaron, se lo cuentan. El pacto es honrado, con sólo un pequeño detalle: Sartre se acuesta con mujeres, Simone también. No se ha sabido sino hasta después de su muerte, y hasta el final ella lo ha negado; pero no hay duda, Sartre era hetero y Simone bisexual hasta el dedo chiquito del pie. Pero este juego entre amantes no estaba destinado a hacerse público.
Que entre los dos haya habido mujeres en común, trío para la cama compartida, se adivinará en La invitada. Se conocen los nombres de Wanda y Olga, objetos sexuales atractivos por su pasividad; no se ignora nada de las amantes de Sartre, Michelle, Dolorès, Arlette, se sabe hasta no poder más, hasta azotar la puerta de la recámara por donde desfilan las actrices de reparto. Pero sobre todo uno puede leer la Correspondance croisée 1937-1940, entre Simone de Beauvoir y Jacques-Laurent Bost: soberbiamente editada por Sylvie Lebon de Beauvoir para Gallimard, estas cartas alcoholizadas y tiernas describen el Jardín de Amor y sus juegos sexuales, Simone encarnada en Domina reinante sobre todos y todas. No se ignorará nada de los embotellamientos amorosos que, en unos cuantos años, bloquean la vida de Sartre: al no abandonar a nadie, y dándole a cada una un poco de su tiempo, el pobre hombrecito muy pronto estará abrumado. Simone permanece vigilante. Ninguna tiene importancia si el pacto sobrevive. Pero el pacto es el tiempo que pasan juntos, con la mayor frecuencia posible.
No es Sartre el primero que colmará a Simone, es Nelson Algren, el amante estadounidense al que ella llama su marido y de quien conservará su anillo hasta el lecho de muerte. Con él tiene lugar la verdadera ternura de los cuerpos confundidos, pero nada más: como Sartre, Simone es fiel al pacto. Cada uno romperá un gran amor: una sola vez en su vida, acosado por Dolorès, la amante estadounidense, Sartre se ve en la obligación de romper con la ayuda de Simone; más tarde, Nelson se cansa, y es lo mismo pero a la inversa. Lejanos y posesivos, Dolorès y Nelson no entendieron nada de la película. Entre Sartre y Beauvoir, el vínculo no está roto.
La elección de las palabras
Pero si ya no cogen, ¿qué hacen juntos? Viajan a Cuba, viajan a Moscú y piensan a dos voces. De estas conversaciones cotidianas provienen los nuevos impulsos, las palabras de aliento, las relecturas; el ojo crítico de Simone y el ojo delicado de Sartre se posan en los manuscritos, con muy pocas palabras, pero a través de una corriente sensible, de un filtro intelectual que los une. A Simone le cuesta trabajo la novela y Sartre es quien se empecina en hacerla escribir. Él tiene mil veces más facilidad que ella, pero ella es más perseverante. Yendo de la novela al teatro y del ensayo al tratado de filosofía, Sartre no escribirá jamás su Gran Moral. En cuanto a Simone, ella lo ha escrito todo: la secuencia de los ensayos, que va de 1949 a 1970, del Segundo sexo a La vejez, pasando por la muerte de su madre y las Memorias, es de una coherencia impresionante. Él es un acróbata; ella, una maratonista.
Desde muy pronto han tomado una decisión: darle prioridad a la literatura. Cada uno tiene una obra por hacer y una vida que vivir. Sin el tiempo suficiente, Sartre funciona a base de anfetaminas, en una época en que su comercio es libre. Los dos beben mucho y cada uno se inquieta por el alcohol del otro. Su historia se droga en la fiesta, en las noches pasadas en blanco, en el café, en la embriaguez que, como cada uno sabe, engendra el pensamiento. ¡Y funciona! El primero que alcanza el éxito es Sartre, con una novela, La náusea. Once años más tarde Simone publica El segundo sexo, desatando una verdadera revolución en la conciencia de sus contemporáneas. Con Los mandarines ella obtiene el premio Goncourt en 1954, y diez años más tarde él rechaza el Nobel. Por lo demás, su fama se debe tanto a sus talentos como escritores como a su modo de vida: pues no se contentan con escribir, militan y se comprometen casi siempre juntos.
La fama llegó tarde, con la Liberación. Su guerra la han vivido entre camas y brumas, sin gran heroísmo; aparte de la actividad de reunir alimentos a la que todos estábamos sometidos, escribir, coger, ligar llenaba su Ocupación. Sin duda coquetearon con la idea de un grupo de Resistencia, pero pronto acabó y no insistieron en ello.
La guerra de Argelia provoca el sobresalto. Primera decisión arriesgada con el Manifiesto de los 121, en 1960, como acción de desobediencia civil; y de nuevo del lado de Simone con el Manifiesto de las Sucias, en los años setenta, por la abolición de las leyes represoras del aborto. Con el mismo sentido, la pareja se compromete con los esposos Rosenberg, con Fidel Castro, con los combatientes del Viet Minh, con los acelerados de Mayo 68, con los maoístas y las feministas, con el CNA en África del Sur, con los boat-people… Una sola nota discordante: para los boat-people Sartre va a ver a Giscard d'Estaing, mientras que Simone apoyará a François Mitterrand en dos ocasiones. Fuera de estos menudos desacuerdos presidenciales, nada. Cada hazaña es para el otro un nuevo punto de apoyo en el flanco de la montaña, y así van dándose la mano hasta la cima en esta cuerda de alpinistas.
La ceremonia de los adioses
El final es la muerte del primero de esta pareja de alpinistas. Ese día, en la primavera de 1980, los fotógrafos inmortalizan el romanticismo que han venido a buscar: Simone, vacilante, lanza una rosa en el obscuro hueco de la tumba de Sartre. Él ha muerto sin sufrimientos; para ello, Simone habrá hecho lo necesario. A las 10:45, sin avisar, completamente solo, el presidente Giscard ha ido a encerrarse al hospital, adelantándose al grupo de amigos. Seguido por el “pueblo de Sartre”, el entierro es una inmensa manifestación juvenil y alegre, una fiesta increíble. Para todos, Sartre no tiene más que una sola mujer, Simone. Frente a decenas de miles de manifestantes ensimismados, el entierro de Sartre la destina a la viudez pública. Embrutecida por la pena, entre empellones, en mal estado, la vieja dama asume la postura sin lágrimas, con grandeza. A la mañana siguiente fue necesario hospitalizarla; por un tiempo, Simone estuvo paralizada.
Pero cuando muere, seis años después, no hay manifestación, no hay presidente, no hay pueblo de Simone. Como si, una vez sin él, ella ya no fuera en público sino la mitad de la pareja. Aunque El segundo sexo haya cambiado de arriba abajo a varias generaciones de francesas, a Simone le faltó el Nobel. Por poco. Aun así, de los dos, el primero en la cuerda de ascenso fue Sartre y no Simone. Por más que se preocupara, desconfiara, se rebajara, se peleara por ella, Sartre no pudo luchar con el hecho testarudo: de los dos, él era el que tenía el pene; a pesar de su fragilidad, él era el hombre. Finalmente, con la colaboración de la edad, esta cuarteadura entre ellos acabó por ampliarse.
Un día Sartre le anuncia a Simone que, puesto que no tiene hijos, adoptará a Arlette Elkaïm, quien llevará su nombre y se encargará de su obra. Poco después Simone hará lo mismo con Sylvie Lebon. Helos ahí entonces, con sus albaceas respectivas, las dos adoptadas, las dos muchachas. Era razonable, pero ya no estaban solos. Llega la época de la formidable ofensiva feminista de los años setenta, que es asimismo la época de los maoístas. Pronto, cada uno se halla rodeado de un pequeño círculo: Sartre toma como secretario al teórico maoísta Pierre Victor, más conocido enseguida con su verdadero nombre de Benny Lévy, y Simone vive en medio de “sus niñas”. Entre los maos y las niñas se arma la gorda. Las niñas encuentran que los maos son unos machos, mientras los maos consideran que las niñas son burlonas. Sartre y Simone se pelean en la Coupole. Amamantados con leche de Edipo, sus chilpayates los dividen, obsesionados con separarlos. Para Simone es aún peor: Sartre publica en Le nouvel observateur una entrevista con Pierre Victor en la que reniega de toda su filosofía. La angustia de La náusea, la teoría de la contingencia, el compromiso ateo, todo esto saldado en provecho de un pensamiento místico judío. Pierre Victor, que conservaba toda su agudeza, pasa de la teoría maoísta al Talmud. Lo que sigue es una guerra de clanes entre la vieja guardia de Les temps modernes, guiada por Simone, y Sartre, quien ofrece batalla. ¿Qué? ¿Acaso no es libre?
Pues al parecer no. Para esas fechas, Sartre ha perdido la vista. ¿Puede pensar todavía si ya no ve? Simone no lo cree así. Del anciano decrépito ha trazado un retrato conmovedor en su obra maestra, La ceremonia de los adioses. Sartre moja los calzones, hay que darle de comer en la boca; la comida se le escurre mientras mastica, babea; el alcohol, las anfetaminas y el tabaco han devastado su sistema vascular. No obstante, el viejo Sartre es alegre, cariñoso, vivaz y elocuente, atento a todas las sorpresas de la vejez, pero Simone lo ve dirigirse hacia su final, como compañera fiel. Para ella es el último beso, que le pide en su lecho de muerte adelantando los labios; para ella son las últimas palabras, “Yo la amo mucho, mi Castorcito”, para ella es esta ceremonia que le corresponde por derecho. Y las últimas palabras de ella son las siguientes: “Está usted en su cajita, usted no saldrá y yo no lo alcanzaré; aun si me entierran a su lado, de mis cenizas a sus restos no habrá ningún traslado”.
Estas palabras sin concesión alguna a la inmortalidad son propias de ella. ¿Será que la traidora Isolda rechaza a su Tristán? ¡Oh, no! Palabras de duelo, estas frases con que abre La ceremonia de los adioses poseen tal fuerza de negación que en verdad fundan a la pareja mítica para la eternidad de la literatura. ¿A quién está dedicado el libro? “Para aquellos que amaron a Sartre, lo aman y lo amarán”. Y como si esto no fuera suficiente, para reforzar el poder de sus lazos, Simone añade una entrevista de 1974 entre los dos. ¡Y hay que escucharlos! Sus voces se parecían un poco: la de él metálica, un tanto chirriante; la de ella como hoja seca atravesada por la hoz, con la misma dicción breve, apenas perentoria, un hermoso fraseo preciso, de corto aliento. Lean, escuchen a Simone llevando a Sartre a hablar sobre el sexo, y a él respondiéndole con gentileza: “Sí, se me paraba con facilidad, pero con un placer mediocre, sí, soy más un masturbador que un copulador, sí, prefiero las caricias, sí, he sido un macho, sí, sí, sí…”.
¿Pero no se reunirían? Vamos. También en eso Simone hizo lo que faltaba. Sobre su lápida ella plantó la más roja de las rosas, ésa cuyas espinas rasguñan los cuerpos, pero cuyas raíces se hunden en los dos ataúdes, uno al lado del otro. Él no la hizo gozar, excepto en la cabeza; ella lo hizo gozar, enormemente, en la cabeza. Ella fue su paredros, prima, hermana, abuela, unida a su Chiquito consentido que fue en la infancia, un tierno y dulce bebé cuyo espíritu se echaba a volar.
Clément. Filósofa y novelista. Entre sus libros: Les fils de Freud sont fatigués y Révolution de l'inconscient .
Tomado de Les collections du magazine littéraire , hors-série no. 7, marzo-mayo 2005.
Traducción de Alberto Román.

El vuelo de Saint-Ex

29 de Marzo de 2008
Ante las declaraciones de un piloto de la Luftwaffe, la misteriosa desaparición de Antoine de Saint-Exupéry ha vuelto, después de 64 años, a ser noticia. Las líneas que siguen recorren la compleja personalidad de un hombre capaz de sobrevolar el desierto en un aparato rudimentario y de inventar a un pequeño príncipe que cuida de una rosa.

El vuelo de Saint-Ex
por JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ

Antoine de Saint-Exupéry inició y terminó su vida adulta con una paradoja. Al día siguiente de cumplir diecisiete años —la edad a la que eran enviados los jóvenes al frente—, concluyó la Primera Guerra Mundial. Menos de tres décadas después, su avión fue derribado poco antes del fin de la Segunda Guerra. Si un oficial amigo suyo hubiese conversado con él una noche antes de despegar, la mortal misión habría sido cancelada.
Quienes han leído sólo El Principito tienen dificultades para visualizarlo como un hombre de acción. Es un héroe nacional de Francia e incluso su retrato aparecía en el hermoso billete de 50 francos, ya retirado de circulación. En el abismo histórico que representan la aplastante derrota gala y el colaboracionismo de Vichy, su figura refulge casi solitaria.
Saint-Ex regresaba de tomar fotografías de la Francia ocupada a la base aérea de Córcega, su sitio de operaciones. Ya había sobrepasado la edad máxima para ser piloto de guerra, pero gracias a influencias de alto nivel —no olvidemos que tenía el derecho de usar el título de Conde, cosa que le desagradaba— fue asignado a esa escuadrilla. La leyenda dice que a veces se demoraba en sus incursiones observando el castillo donde pasara su infancia, castillo cuyos jardines jamás llegó a conocer por completo.
Afirman sus compañeros que un alto oficial iba a comentarle sobre la inminencia del desembarco en Normandía con un solo propósito: salvarle la vida, ya que a los pilotos enterados de esa estrategia se les prohibía volar para evitar el riesgo de que revelasen bajo tortura la posibilidad de dicho ataque, en caso de ser derribados. Pero Saint-Ex se le escabulló a este oficial, sin permitirle que le revelase el secreto, dejándolo con la palabra en la boca.
Él decía que para derrotar a los nazis no bastaba con darles golpes con una máquina de escribir, así que abandonó su refugio en Nueva York para hacer lo que mejor sabía: volar una máquina de guerra. La máscara de oxígeno le hacía sentirse conectado a la nave, como si ambos fuesen un solo ser en mitad de la batalla por el firmamento.
Sus críticas al alto mando francés fueron muy duras. A su criterio, valiosas tripulaciones aéreas se sacrificaron erróneamente en los primeros días de la defensa de Francia, criterio compartido por Winston Churchill en sus memorias. Con De Gaulle nunca pudo entenderse. Tampoco con la comunidad gala refugiada en Nueva York que hizo de su exilio una extensión festiva del Barrio Latino. Así que mejor se devolvió al campo de batalla.
Existen varias teorías de la causa de su muerte. Ahora que un ex piloto de la Luftwaffe afirma ser quien lo derribó, el enigma vuelve al imaginario colectivo de sus lectores. Habrá que revisar la hoja de servicios de este ulano del aire y adivinar porqué, hasta hace apenas unas semanas, creyó pertinente informarle al mundo sobre esta sorpresiva incursión al ruedo de la historia. De ser cierta su versión —y sobre todo, de estar consciente del alcance de la dimensión humana y heroica de Saint-Ex—, este ciudadano alemán quizás mejor hubiese preferido guardar silencio. No hay gloria en cegar la vida de un escritor, aunque fuese en el marco de un supuesto sentido del deber, y más si la víctima actuaba en defensa de una nación atrozmente invadida.
Hombre de pluma y de acción
La complejidad de la personalidad de Saint-Ex es más reveladora si se analiza en su contexto: en aquel tiempo, los pilotos eran vistos con la misma admiración que hasta hace poco reservábamos a los astronautas. Había que ser muy valiente para subirse a un frágil artefacto de motor primitivo, aun en épocas de paz, hecho de varillas y tela estirada. No contaban con sistema eléctrico; se encendían a golpe de hélice y los medidores tenían partículas de radium para brillar de noche. Sumémosle que Exupéry, durante su servicio en la compañía Aeropostal, voló por regiones tan inhóspitas como los Andes o el Sahara, afectadas por los más repentinos cambios de clima. Correo aéreo equivalía entonces a internet.
Los títulos de los libros de Saint-Ex fueron siempre mal traducidos. El Principito en realidad debe llamarse “El pequeño príncipe”, traducción que implica otro significado. Tierra de hombres en realidad debe ser “Tierra de los hombres”; libro que narra su estancia en el desierto de África y cuya mala interpretación insinúa alguna bravucona canción mexicana. En sus estancias en Marruecos, Mauritania y el Sahara español fue donde templó su carácter literario y personal.
Saint-Ex estuvo asignado en Cabo Juby, hoy Tarfaya, en el límite justo de Marruecos con el Sahara Occidental. La pista de aterrizaje y la cabaña en la que vivía ya no existen. Ni siquiera el fuerte español que registra en su libro. Además, Antoine tocó tierra ahí en los años veinte y es dudoso que sobreviva algún bereber que jure haberlo visto en la pista lleno de grasa, tomando té con los saharahuis o domesticando zorros del desierto. Fue muy respetado por el hecho de comprar a un esclavo anciano y enfermo tan solo para liberarlo y que muriese tranquilo. Pagó un precio desmedido y lo mandó a vivir a otra ciudad para que no le secuestraran y volviesen luego a ponerlo en oferta.
En ese tiempo cubría la ruta de correo Dakkar-Cabo Juby-Casablanca y por lo general permanecía en el punto medio. Dormía en una cama pequeña que hizo ampliar con una caja. Consuelo Suncín, su descontenta mujer salvadoreña, decía en París que su marido era el único cartero del mundo perteneciente a la realeza.
En Tierra de hombres menciona diversos puntos del Sahara Occidental, especialmente Cabo Juby y la antigua Villa Cisneros, cercanas al de Río de Oro, que era una referencia importante en la navegación aérea. A diferencia de Europa, de noche el Sahara se apaga y no es fácil hallar luces de aldeas o faros que ayuden a orientarse, según se quejaba Saint-Ex en su diario, escrito en tiempos anteriores a la magia satelital o la radio de alto alcance. La tiniebla era tan envolvente que podían confundirse las estrellas con barcos, o pueblos remotos, así como creerse que se viajaba por un sitio distinto al señalado. Además, en esas condiciones no era extraño volar de costado o bocabajo, imperceptiblemente, hasta estrellarse de súbito con una duna. Y tampoco había forma de adivinar el aluvión de tormentas que podían irrumpir con su carcajada repentina en medio de la travesía.
Varias veces, él o sus amigos enfrentaron accidentes y permanecían aislados en el páramo del mismo modo que el narrador de El Principito. Eran rescatados por las tribus de la zona, aunque también padecieron ataques de bandidos, ansiosos de bolsas de dinero ocultas entre la correspondencia.
Quizás aquí fue donde Saint-Ex comenzó a escuchar su voz interior y alucinó en medio de la noche sahariana con la figura de su hermano menor, muerto durante la infancia. Ese fue su único y verdadero amigo, solía confesar en privado.
Su avión de carreras era un Simoun, nombre con que también se invoca a uno de los más demoníacos aires del Sahara. Obsequio de una multimillonaria admiradora cuyo nombre aún desconocemos, con ese avión estuvo a punto de matarse en el desierto de Libia, participando en una carrera previa a la Segunda Guerra Mundial.
Consuelo Suncín, quien estuvo casada con el diplomático guatemalteco Enrique Gómez Carrillo y que afirmaba ser la auténtica rosa de El Principito, le provocó muchas incomodidades, ya que a su regreso a Francia y a la vida, Exupéry la encontró demasiada metida en su papel de viuda famosa, papel que ya había representado a la perfección con la muerte de su primer esposo.
Hasta hubo un malentendido con André Breton, de quien se dijo que Suncín fue su pareja ocasional. Vale comentar que Exupéry siempre quiso aclararlo, en el sentido de que no deseaba perder la amistad del padre del surrealismo, a pesar de los dimes y diretes que circulaba en Nueva York. Breton confesó que él no tenía ánimos de retomar esa relación, pero el poderoso argumento de Saint-Ex, propio de un hombre de acción, lo cimbró por completo: “He perdido más de diez amigos en esta guerra. Entiéndame: no puedo darme el lujo de perder uno más. Casi todos están muertos”.
¿Suicidarse o morir en la cima?
Hay quienes sostienen que Exupéry se suicidó en su último y fantasmal vuelo. El hecho de que su avión no revelase impactos de bala reforzó esa teoría. Aquellos que lo conocieron lo creen imposible porque tenía un compromiso demasiado alto con el deber. Para autoinmolarse, habría usado un cómodo revólver y no sacrificado un precioso avión que tanta falta hacía a su patria, sobre todo en la hora cumbre del conflicto.
Algo que marcó el ímpetu de lucha en Exupéry, antes de la guerra y su terrible accidente en el desierto de Libia, fue la desaparición de su gran amigo y compañero de alas, Guillaumet, en la cordillera de los Andes, experiencia retomada en sus libros.
Perdido en una zona demasiado lejana de la civilización, Guillaumet caminó cinco días entre la nieve con la sola intención de continuar, hasta desfallecer presa del cansancio y confiando en toparse con algún campesino. Los guardias chilenos habían declarado que difícilmente alguien sobreviviría una sola noche a ese invierno. Al momento que Guillaumet decidió rendirse a la ventisca, el piloto perdido descubrió que no podía derrumbarse entre la nieve, sino que debería ascender una colina para morir en la cima. Esto obedecía a un propósito práctico: si no se encontraba su cadáver en los próximos cuatro años, el seguro de vida tardaría ese tiempo en llegarle a su viuda e hijos.
De esa manera, Guillaumet ascendió con las últimas energías para que su cadáver fuese encontrado por sus compañeros pilotos al llegar el verano. Cayó en cuenta de que estaba emprendiendo algo que un animal no haría: luchar por el sitio en el cual morirse para legarle un bien a sus familiares. Al llegar a la cima descubrió con sorpresa que al otro lado del valle terminaban las montañas nevadas, augurándole una esperanza más, por lo que sacó fuerzas supremas para descender y seguir el camino. En efecto, logró salvar la vida y, al narrarle su odisea a Exupéry, éste la tuvo muy presente cuando en el desierto de Libia tuvo que realizar otra proeza similar. Caminar y caminar, sin esperanza y sin agua, pero con el propósito de al menos morir en el intento. Por supuesto, Saint- Exupéry fue rescatado en esa ocasión por un grupo de beduinos. Lo dieron por muerto durante varias semanas.
Creemos que alguien que haya pasado por esas experiencias extremas no se suicidaría en pleno cumplimiento de una misión. Guillaumet, al igual que Exupéry, murió en la línea del deber en la Segunda Guerra Mundial. Otro detalle: el campesino chileno que encontró a Guillaumet fue condecorado en su momento por el gobierno de Francia con la Legión de Honor. Desconocemos qué fue de los beduinos que salvaron a Saint-Ex en medio del Sahara.
La rosa y el volcán
Podría pensarse que un hombre tan curtido en experiencias sería una persona fría y llena de amarguras. Nada más contrario al espíritu de Saint-Ex, buen charlista que, cuando conversaba en un café con sus amigos, provocaba que la gente de las mesas vecinas guardara silencio: arrobada por su encanto. Dominaba varios trucos de prestidigitación y alguien que lo conoció de cerca decía que bien podría haberse ganado la vida con dicha habilidad.
Su matrimonio fue difícil. La volcánica Consuelo Suncín gustaba de usar el título de condesa, actitud que entristecía al legítimo aristócrata. A pesar de sus defectos humanos, es indiscutible su papel de musa de El Principito. Sus defensores argumentan que los abundantes volcanes del minúsculo asteroide son un guiño metafórico a El Salvador, país natal de su problemática amada. En cambio, los baobabs fueron conocidos por Exupéry en sus estancias africanas. El zorro del desierto original posee las exageradas orejas que el poético aviador le dibujó en su libro. Y las verdaderas rosas del desierto son en realidad unas rocas de silicato, apreciadas por los coleccionistas, cristalizadas en forma de pétalos.
Saint-Ex también tuvo suerte con los millonarios: en vida una mujer le obsequió un avión para una carrera y, después de muerto, otro millonario norteamericano gastó miles de dólares en rastrear con un submarino el área donde, presumiblemente, había caído en combate. El descubridor sería el buzo profesional Luc Vanrell, quien también está involucrado en la reciente aparición de su repentino y orgulloso victimario.
Saint-Ex hoy
La reciente declaración del ciudadano alemán Horst Rippert tiene las luces de un intento de apropiarse del aura del autor francés. Incluso el semanario de extrema derecha Minute, sostiene haber revisado los archivos alemanes detectando varias falsedades en la carrera de Horst Rippert, quien por cierto, acaba de desenmascararse como hermano secreto del cantante Ivan Rebroff, fallecido por estas fechas.
Los otros opositores a la credibilidad de Rippert son el antiguo piloto de caza Christian-Antoine Gavoille —ahijado de Antoine Saint-Exupéry—, el historiador Hervé Brun —ex responsable del servicio histórico del Ejército del Aire Francés—, el diario online Crítica y el ABC de Madrid.
Hervé Brun remata la postura de Rippert con un argumento: las patrullas alemanas en Provenza fueron registradas con meticulosidad y no hay ninguna acción anotada en ese día.
La teoría más lógica que flota sobre el avión de El Principito es la posibilidad de un desvanecimiento durante su vuelo final. Era un hombre de 44 años que había maltratado su osamenta con múltiples accidentes y el jornal de los pilotos incluía un ritmo extenuante. No veo nada denigrante en esa posibilidad que nos recuerda la humanidad de un personaje —vale decirlo— cargado de humanismo.
La vida y al muerte de Saint-Ex son un misterio. Lo único seguro en él era aquello que no quería ser. Nunca un burgués inmóvil o un intelectual criticando a Hitler y a De Gaulle desde la comodidad de Nueva York. Murió en la línea del deber, seguro de quien era y hacia donde iban su existencia y su literatura. Pocos artistas pueden conseguir ambas cosas. Vivir al mismo tono de sus creencias y al vuelo de su pluma como en una firme e incandescente obra maestra.
Rodríguez. Escritor y editor. Autor de Mi nombre es Casablanca (Mondadori) y La casa de las lobas (Plaza y Janés).